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20 de febrero de 2013

Pasiones Encontradas, Capítulo VII

Miguel Álvarez

Ya podéis ver el Capítulo VII de mi relato erótico-gay Pasiones Encontradas en la pestaña de este blog del mismo nombre. Espero que os guste.

24 de noviembre de 2012

La crítica que no me dejaron escribir

Miguel Álvarez

Hace tiempo que no hago una reseña, artículo de opinión o crítica sobre algún libro, en esta ocasión iba a hacerlo sobre la última obra, creo que es la última, de Rafael Reig: Lo que no está escrito, pero me lo han prohibido, bajo amenzas y extorsión.

Dicho esto, guardaré mis opiniones personales sobre el estilo del autor y me limitaré simplemente a decir que la trama está bastante bien. Muestra Rafael Reig una marco de familia distinto al habitual en los libros, una familia más de hoy, padres divorciados, hijo complicado, hombre alcoholico...

Hoy hablando con una amiga, mala persona, extorsionadora... me decía: es que son dos historias diferentes las del libro. Realmente, es complicado escribir dos historias distintas en una misma novela, sin que aparezcan liadas y mezcladas, pero Reig no lo ha conseguido, Rafael no ha puesto en una misma novela de forma clara, sin mezclar y sin liar dos historias diferentes, no ¡Han sido tres!

En la novela de 287 páginas se nos presentan tres historias intreconectadas, pero bien diferenciadas a la hora de leerlas, escrita con un estilo que hace creer al lector, que es él, el que hace el nexo entre las historias: 
  1. La de Carmen, la ex-mujer
  2. La de Jorge, hijo de ambos, y la excursión con su padre
  3. El manuscrito que el padre, dejó, fingiendo el descuido a ojos de Carmen.
Sin poder decir lo que no me gusta, las "pequeñas críticas" dado el yugo sobre mi persona, me limitaré a decir que puedo, sin temor a equivocarme, recomendar este libro.

Lo que no está escrito, Rafael Reig

8 de junio de 2012

AnnA La Vampiresa, El resurgir de los muertos.

AnnA, ¿viva o muerta?
Pasé siglos de euforia, miles de noches reinando en mudo desenfrenado, prové los placers de la carne, sacié mi sed de sangre, viví como muerto lo que nunca imaginé vivir como hombre.

El mundo quedaba pequeño a mi paso, sin miedo, creyendome único, inmortal, más allá que un Dios recorrí el mundo al lado de Luigi. Un mundo que era entero nuestro, donde el mundo, nuevamente gobernado por el miedo, estaba sometido a nuestros deseos, era fruto de nuestro juego y voluntad.

Podría relatar mi vivir en esa época, siglos llevo intentando olvidarla, podría contar con todo detalle como maté uno por uno a todo ser que se topo frente a mi. Citar podría, las intensas noches, los cálidos momentos que junto, al que creía me ser, pude vivir, pero... ¿qué pasó entones?

7 de diciembre de 2011

Portadas del libro

Hola a todos, a final de mes, si no pasa nada, saldrá mi primer libro, un relato corto juvenil llamado AnnA, La Vampiresa. Para el mismo tengo dos bocetos de portada, y la verdad, me encantan los dos, por ello, he pensado en ponerlos en el blog y que me digáis cual os gusta más. Aquí los tenéis:



¿Cuál os gusta más?



28 de octubre de 2011

Pasiones encontradas, El primer amor


El primer amor.


Cuanto más escribo, de este, mi relato de vida, más se despiertan en mí, recuerdos ya dormidos, moribundos en mi ser, que hacen por mi piel correr, los ríos del saber.


Supongo que todos recordamos con cariño, ese primer amor, ese que dicen nunca se olvida, aquel con el que comparamos, inconscientes, el resto de nuestras relaciones.
Yo por desgracia no he podido olvidar ni el más mínimo detalle, ¿Por desgracia? Si, pues si no olvidas, no pasas pagina y difícil pues resulta avanzar.


Fue una noche de verano, junto al susurro del mar, yo tenía 17 años, había terminado el instituto y entré a trabajar ese verano en el puerto, en la OPE (Operación Paso del Estrecho) mi trabajo, junto con el de otros compañeros, consistía en decir a la gente que contrataba el pasaje a marruecos con nuestra empresa, donde tenía que aparcar el coche, con el fin de facilitar la entrada ordenada de estos en el barco.
Hacíamos turnos de 8 horas, mañana, tarde y noche, aquella semana yo estaba de noche, el turno más aburrido y en el que más tiempo “libre” teníamos. Por aquellos entones yo estaba, aún más que ahora si cabe, enganchado a esa droga llamada ajedrez y durante las noches, con mi tablero y un librito, me dedicaba a pasar partidas del gran Botvinnik o, si los evangelistas que repartían biblias estaban por allí, a jugar contra uno de ellos, un canadiense precioso, realmente bello, rubio, ojos verdes, no muy alto y con una estructura osea preciosa, me gustan mucho las facciones de la cara y las espaldas prominentes.


Una de las noches, tuvimos un altercado con un Marroquí que venía de de Holanda, y tras solucionarlo, llamamos, como era costumbre, a La Luna Roja, algo así como la Cruz Roja pero para gente no católica, para que se pasaran por el “parking” por si necesitaban algo, los señores del altercado y yo mientras tanto, me puse, tablero en mano, a jugar contra Marck, este chico canadiense.
Estaba yo ensimismado en una complicada posición, una que jamas he podido olvidar, la Variante Fachatello de la apertura Italiana, cuando, al levantar la vista al firmamento, vi, de pié, frente a mi a un chico alto, de ojos verdes, de blanca piel que miraba, como perdido en un mundo lejano, pensé yo la partida.

Hola, que tal, ¿Cómo estaba esta familia? -Miguel-
Anda bien, viste, nada serio, el groncho del tío se paso un poco con su mujer -Nico-
¿Argentino? -Miguel-
Si, del Mar del Palta, Buenos Aires -Nico-
Encantado, yo me llamo Miguel -Miguel-
Yo Macerlo, Marcelo Nicolas, pero llamame Nico por favor -Nico-
Encantando Nico, ahora he de irme, ya casi termina mi turno, ya nos veremos por aquí -Miguel-
Ok, nos vemos -Nico-


Esta fue la primera conversación que tuve con él, a penas habían pasado 10 minutos, cuando alguien golpeaba el cristal del “chiringuito” donde estábamos los compañeros, ¡Era nico! ¿Que querría?

Dime -Miguel-
Nada, quería saber si a vos no le importaría darme su celular -Nico-
¿Mi qué? -Miguel-
Vuestro número de celular, de móvil -Nico-
Vale, si toma -Miguel-
Nada, es por si un día quieres tomar un café o algo -Nico-
Perfecto, me avisas y su puedo nos tomamos un café ahora me voy que es tarde -Miguel-


Nada, tan solo dos días pasaron, cuando un Domingo en la mañana, mi teléfono sonó, era Nico, para quedar y tomar un café, al que sin saber por qué acepte, pues no sentía especial atracción por él, sinceramente mi pervertida mente, deseosa de sexo, solo tenia sueños para Marck.
El café se convirtió en dos, la hora prometida en 3 disfrutadas de amenas conversaciones, cuando, al mirar el reloj, ¡Ya era hora de entrar a trabajar! Me tenía que marchar súper rápido, corriendo para no llegar más tarde, por lo que la despedida no se presentaba como algo espectacular, pero entonces, él decidió acompañarme, corriendo, por todo el centro, hasta llegar al puerto, y allí, justo antes de entrar a las oficinas, me paro y al girarme para despedirme y decirle hasta pronto, me plantó un beso en la boca, un adiós y salió corriendo.
¿Como había pasado eso? Yo no le dije que era gay, el no me dijo que era gay, ¿Cómo sabíamos los dos que ambos lo eramos? ¿Qué nos esperaba ahora? ¿Esa sensación de querer estar con él y no necesariamente de follar, era eso amor? ¿Eramos novios? ¿Un rollo no era, qué era eso?....


Pasé el peor turno de mi vida, fueron las 8 horas más eternas que jamás he vivido, deseando a cada segundo que al girar mi cuello lo viese y me aclarase todo... pero no, no paso, mi turno terminaba y él no estaba allí. 

6 de octubre de 2011

Pasiones encontradas, bienvenida adolescencia


Bienvenida adolescencia


 Con el instituto llega, a mi parecer, una de las etapas más duras de la vida juvenil, es un momento, como ya describí antes, de grandes cambios, de dejar tras nuestra amigos, compañeros, maestros y hábitos para ahora enfrentarnos a una nueva vida.

A esta edad, donde todo lo diferente llama la atención, donde los prejuicios y el qué dirán son la piedra angular de nuestra forma de ser, el adaptarse a un centro nuevo, a nuevos profesores, nuevos métodos de estudio, nuevas formas de vida, terminó eso de comer en el cole, eso de luego ir a actividades, eso del respaldo de tus padres, ahora solo había tiempo para estudiar, salir a las 15:00h e ir corriendo a casa, algunos incluso a hacerse su propia comida. Los antes niños, ahora adolescentes ya casi eramos hombres.


Recuerdo vagamente como fueron mis primeros días de instituto, casi he olvidado por completo el primer año, señal de que no marcó en mucho mi vida, recuerdo solitarias escenas, quizás las más importantes, para mi, de ese comenzar.
Recuerdo la sensación de perdido, que abordó mi ser desde el primer día, cuando todos los alumnos nuevos fuimos citados en un gran pabellón, para después irnos, junto con nuestro tutor, a clase.
Recuerdo, como teníamos que rellenar, para cada profesor, una ficha de autor, con nuestro nombre, el de nuestros padres, teléfono de contacto y hasta centro del que veníamos, y fue entonces cuando, por primera vez, noté la sensación de discriminación en el Instituto. Los alumnos de algunos centros, eran, en algunas asignaturas tratados de forma distinta, dado su nivel, algo inferior o superior al de la media, ahora tenía que escoger si quería y debía ser de esa media, o resaltar, fuera o fuese por uno u otro motivo.
Recuerdo vagamente al completo de mis compañero, pero indudablemente no puedo sacar de mi mente, no hay ni un ápice de duda, en como eran, física y emocionalmente, los más guapos y la lívido que despertaron en mi.


 Con todos esto cambios maduramos todo lo rápido que pudimos, y en algunos casos, más incluso de lo deseable. Fue, como llevo diciendo todo el tiempo, el año de los cambios. Empezaron los primeros cigarros, los cafés, los recreos sin supervisión de adultos, y el “fumarse” las clases, la libertad se había convertido en libertinaje.
El lema de mi instituto era: “Enseñamos con las puertas abiertas” un gran lema por otra parte, consistía en tener las puertas de entrada al centro abiertas durante todo el horario lectivo, si querías ibas a clase, sino te ibas del centro, o te refugiabas, si era día de lluvia, en la sala de alumnos, una sala común donde jugar a las cartas, fumar y hacer, casi todo, lo que a la mente te viniese. A priori puede parecer un sin sentido, ¿Quién va a querer estar en clase, pudiendo estar “perreando” en la calle? Ahora bien, si lo analizamos con un poco más de detenimiento, era el mejor de los métodos, los que realmente querían estudiar tenían clases, sin gente molestando, donde los profesores podían ejercer la docencia de forma excelente, y los que por el contrario estaban, obligados por sus padres, cursando estudios sin querer, tenía una forma clara de enseñar: “Papa, mama, no me podéis vigilar siempre, antes o después haré lo que me plazca, asumidlo, ya no soy un niño”.


Con tanto cambio, tanto nuevo por hacer y experimentar, el ansia de sexo paso, momentáneamente, a un segundo plano, quedando relegada a las tardes sin instituto y sin tarea, esos maravillosos fines de semana, con los vecinos y amigos de siempre, eso sí, compensada, con creces, durante la semana, por la practica sexual, más antigua y usa del mundo, la masturbación.


 Hoy día, pajearse es maravilloso, ¡viva Internet! Que quieres chicos rubios, los encuentras, que los quieres morenos, también, que deseas ver grandes pollones, los ves, que prefieres pasivas con anos superdilatados, sin problema, lo que se desee, simplemente se haya, ¡Viva Google y la pornografía! Pero para mi desgracia y la de mis contemporáneos, estos inventos, aunque ya existente, pasaron inadvertido a nuestros ojos y alcances, hasta ya pasados un par de años, por ello, para “pajearnos” no nos quedaba más que el uso de nuestra imaginación, y los videos escondidos, de “porno” grabado de la tele, de los salidos de nuestros padres, cuando ellos no estaban en casa. ¿A qué chico de 14 años no le gusta una buena paja? ¿A qué chico de aquella, época dorada de las películas X, no le gustaba ver una porno? ¡A ninguno! Basándome en esto, fue como conseguí, ver lo que vi y hacer lo que hice.


Yo contaba con una gran suerte, mi hermano, menor que yo, estudiaba en el colegio y mi madre, trabaja siempre de mañanas, vivía muy cerca del instituto y tenía la casa libre todas las horas de la mañana, solo había que convencer a los compañeros, para saltarse un par de clases y venir a ver porno a casa, y la verdad, jamás pensé que fuese tan fácil como resultó ser. 
El tiempo fue pasando, todo se colocó más o menos en su lugar y los hechos acontecieron, como debieron pasar, hicimos amigos, tomamos confianza, analizamos a los profesores, vimos de que pie cojeaba cada uno y comenzamos, sin mayor dilación a saltarnos, normalmente, las últimas horas de clase, o la anterior o posterior al recreo, para aprovechar, esos 30 minutos extras. Ya con todo normalizado, llego el momento, de ir a casa, de ver porno juntos con los amigos, las primeras veces con más miedo y corte que otra cosa, luego comenzaron esas pajillas, eso si, todos separados, incluso con cojines de por medio, para simular no ver la polla del vecino, hasta que el tiempo, nos otorgó, la confianza y con ella murió el cojín, el miedo y las verguenzas, ahora simplemente hacía falta un ¿Vamos? Para rápidamente entender qué si íbamos o no a ver una peli porno y hacernos unas pajillas.


No guardo especial recuerdo, en lo que a sexo se refiere, de ese año, solo recuerdo haberme quedado con unas tremendas ganas de conseguir, aunque solo hubiese sido tocársela a un chico precioso, que estudió, solo ese año, en mi curso y bueno... una extraña experiencia con otro compañero de curso, bastante guapo, ahora cuando lo veo aún me lo parece más, con el cual no se, si tuve sexo o fue quizás algo más.


El curso paso y también los posteriores y fueron los años de Internet, de salir de ambiente, y del primer amor.





29 de septiembre de 2011

Novela Negra.

Hace unas semanas, como ya conté en post anteriores, El Alfil y la mula de carga y El crimen del congelador, tres amigos decidimos asesinarnos y escribir sobre ello, faltaba el relato de mi amigo Ángel Simón, blogger de latertuliadetheleme, hace un par de días, quizás cuatro, me lo mandó. Por problemas de tiempo no he podido publicarlo, es algo largo pero lo recomiendo encarecidamente. Aquí lo tenéis:

CONTRAGAMBITO S.L

 El viento. El imperio del viento. En los recodos de las fachadas. Por los terrados. Hinchando el cuerpo de la persiana de enfrente. Acechando los resquicios de la ventana. Venido del fondo oscuro de los callejones, de los dominios velados por la noche, de ése inmenso cielo estrellado.
Aparta con gesto de desagrado el cigarrillo que apaga en el cenicero de la mesita. Permanece de pié ante la ventana, mirando. Sólo mirando. Una sombra que observa desde la sombra de la sala. La esquina, con su eterna luz débil, siempre amarillenta, siempre pálida, adquiere, en estas noches de invierno, bajo la advocación del viento, una intimidad especial. Despierta nostalgias de épocas melancólicas en lugares desconocidos de la memoria. Ya no dormirá hasta que amanezca. Ha colocado la posición en el tablero junto al ordenador. Analizará y se acercará a la ventana del balcón La noche es ya un proyecto delicioso, y, en el fondo de la sala, esperan las piezas, iluminadas por una lámpara de pié arrimada a la mesa.
Rubhai Kuba se acerca a la mesa. Envuelto en el aroma de una taza de té caliente, que abarca entre sus manos, se embarga en un primer análisis, en el que el programa ya está trabajando. La noche promete, y el mundo queda ahí fuera, al otro lado del espacio que se hunde en la penumbra.
Se acomoda en el sillón, añade un dedo de ron a la infusión y se enfrasca en su trabajo. Su melena fosca, despeinada, desprende un polvillo grasoso, al choque vulgar, estridente y avasallador del interfono. Desconcertado y molesto, anda rumiando durante el trayecto que lo separa del auricular.
- ¿Qué hace, maestro?- El vozarrón de Miguel, discípulo predilecto.
- ¿Qué horrass sson ésstass de llamarr? ¿Qué preguntass sson éssas? ¿Erress Miguel? ¡De parranda en vez de esstudiarr la Indo-Benoni! ¿Perrdiendo el tiempo con amigotess, calamidad?
- Maestro, estoy con parte del equipo. ¿Podríamos pasar? Será cosa de un instante... para ultimar la alineación.
- ¿Qué alineassión? Ya esstá dessidida la alineassión. Sserrada, ultimada, ssellada ssin remissión, ssin Maribel, ssin Ángel, ssin ninguno de loss demáss petarrdoss que prretende incluirr el Club.
- Estoy con Ángel y Maribel, maestro...
- ¡Ah! Entonsses... ; entonsses, ésso ess otrra cossa. Ya esstá enviada. La alineassión, digo. Todoss los que jugarrán, quierro dessirr... Todoss... Ejem.
- El frío y el viento arrecian; y las botellas pesan; será un instante.
- ¿Botellas? Esstá bien. Bajo a abrrirr.
Rubhai Kuba desciende a la primera planta: gruñendo, rascándose el aceite del cabello, limpiándose las legañas de los ojos con la mugre de sus dedos. Da paso a los visitantes tras descorrer los siete cerrojos de la puerta.
Miguel: - Buenas noches, maestro.
Maribel: - Buenas noches,querido maestro.
Ángel: - Buenas noches, Don Kuba.
- Si, si, si. Maestrro, querrido maestrro, Don Kuba. Ya, ya. Ssuban usstedes mientrrass ssierro loss malditoss sserrojos. Don Ángel, o me llama ussted maesstrro, o Don Rubhai, o Sseñorr Kuba. Le tengo repetido que el Don acompaña a loss nombrress de pila. Perro en cuesstioness de trratamiento ssigue ussted pess como en teorría, por máss que me empeñe en inculcarrle lass máss elementaless nossioness. A ssu edad, y con essa mollerra, no ssé cómo me empeño y cómo no dessisste: trrabajo perrdido. Ssuban, ssuban y no contessten, que aquí abajo sse hielan loss huessoss.
Entran los visitantes en la sala y esperan agrupados, al amparo de la única luz, junto a la mesa con el tablero y el ordenador. Cuando se presenta el anfitrión, Maribel, educada y obsequiosa, comenta:
- ¡Qué maravilloso ambiente, querido maestro! Su mesita, su luz, su tablero, el ordenador, el rinconcito de trabajo, sin tapetillo, el té, la botella de Pálido, la noche. Todo apropiado a fin de lograr el aislamiento e íntimidad del artista.
- Hassta que vienen miembrross de mi Club a interrumpirr a desshorrass.- completa la frase el implacable Ajedrecista.
- Deliberábamos en el Círculo sobre lo que desearíamos poner en su conocimiento... se nos hizo tarde... nos han dejado encerrados... menos mal que Ángel sabía de un juego de llaves.
Llaves que Ángel enseña juguetón, cándido, traviesillo: “ Y que pongo a disposición del señor Kuba”
- Y como no tenían nada mejorr que hasserr...
Se dirige al otro lado de la habitación y enciende una lámpara cuyo resplandor deja ver un tresillo cochambroso, que ofrece con ademán desganado. Maribel, por ser dama, y de calidad, se acerca la primera. Deshecha el primer sillón, sanciona con un gracioso mohín de asco la revisión del sofá, y, resignada, se acurruca en un lado del último asiento, los brazos muy pegaditos al cuerpo. Ángel se apresura a ocupar el sillón vacío, dejando a Miguel que comparta proximidad y efluvios de Rubhai. Pero éstos no se sientan. Miguel, con un gesto de cabeza, da a entender que quiere hablar aparte. Kuba y él se dirigen a la cocina. Miguel explica:
- Tenemos un problema. La dirección del Club exige que estos dos palomos entren en el equipo.
- ¡Nunca! Sserrá passando porr enssima de mi cadáverr.
- No se altere, maestro. No los alinearíamos. Se haría por cubrir el expediente. Y si alguna vez, Dios no lo permita, hubiera que hacerlo, le informo que él ha sido cuatro veces subcampeón individual de Almería, y ha triunfado siempre con el equipo en el campeonato por clubes. Ella cuenta en su haber el campeonato de Andalucía y cuarta en el de España. No está nada mal.
- ¿Cuándo ocurrierron essass efemérridess?
- Bueno, practicamente, hágase cuenta que yo no había nacido
- ¡No, no y no! Yo no pongo en peligrro loss ressultadoss. Yo tengo un prresstigio que mantenerr; tengo un ssueldo. ¿Por qué el interréss de loss dirrectivoss? ¿No comprrenden el ssuissidio de tal dessissión?
- Él escribe, dicen. Ha publicado alguna que otra cosilla. Éso significa acceso a subvenciones, se murmura en los corrillos ajedrecísticos del Círculo. Trabaja en el Consistorio... ¡Área de Hacienda, maestro!. Podría publicitar los éxitos con su verbo y justificar con su pluma los fracasos... Y ella... Ella perteneció a la Federación Autonómica... Tomaba decisiones y trataba por ello con quienes usted ya sabe... Con éso está dicho todo. En fín, no hay vuelta atrás. Yo quisiera...
- ¡Usted no quierre nada! ¡Quierren hundirrme entrre todoss! ¡Vaya trress patass parra un banco! Le hago ssaberr que ssi ussted perrtenesse al equipo se debe a que ess prropietarrio de essta cassa y no pago el alquilerr, porrque le advierrto que temo su juego en el tablerro más que a una varra verrde. Cuando ressuelve atacarr en trromba, y lo hasse ssiemprre que la tiene ganada,¡misserrable!, me echo a temblarr de pánico. ¡Como soltarr un mihurra en un salón! ¡Y no me haga hablarr máss de la cuenta!
- Recapacite, maestro. Piénselo. Va usted a malquistarse con la sección de Ajedrez, que debe presentar cuentas... Y éstos escritores, (y ajedrecista, una combinación explosiva), son rencorosos-rencorosos... La lucha es feroz por la cuota de mercado, la casi inexistente cuota de mercado... Lenguas viperinas, cargadas de veneno... Y ella no tiene colocación fija... las décimas en los baremos son vitales... ¡La supervivencia, maestro! La necesidad es muy mala, tanto o más que el juego de la necesitada... Y, como mujer, es terca como una mula... en su caso, como dos mulas. Terquísima, no se puede hacer una idea de lo terca que es. Pregúntele, pregúntele a Ángel.
El Candidato, sin dejar su ofuscación, parece meditar, dudoso. Miguel añade apresurado:
- Comprendo su postura, maestro, su reacción. La medida se ha tomado sin consultarle, casi intencionadamente a traición. Ninguneando a quien ocupa un puesto en la Historia del noble juego. Sin consideración a su prestigio, a su clase. Nos utilizan, maestro, para afamarse ellos en ámbitos ajenos a Caissa. Alcanzar la categoría de Preferente de Honor como merece su historial y su capacidad, es nonada para ellos, una tontería que les provoca sonrisas piadosas. Sé que estas consideraciones rondan su mente, hieren su honestidad profesional, manchan su nombradía en los tops internacionales, se resiente...
- ¡¡Aaaaah!! Me abrress loss ojoss. ¡Miss títuloss arrasstrradoss! ¡ Me utilissan! ¡A mí! ¡A MÍ! ¡Perro yo me defenderré! ¡Yo he lidiado mil batallass contrra loss dessafuerros de la FIDE! ¡Ssobrrevivirré a todoss loss venenoss, me enfrrentarré a todass lass mulass! ¿Dónde esstán essoss dirrectivoss? ¿Dónde essos arribisstass ignorrantess? ¿Dónde...
- Modérese, maestro, que le puede dar algo, o derrumbarse el delicado equilibrio que sostiene la porquería que nos rodea por todas partes. Considere que su corazón y su próstata ya no son lo que eran. Pueden oirle en el salón.
- ¡Mi corrassón estarrá casscado, perro no mi deterrminassión!. Mi prrósstata... ¿Mi prrosstata? ... ¿A qué coño viene lo de mi prrósstata? ¡Y ssi ess porr oirr, ahorra missmo van a oirrme con toda clarridad!
Se lanza como un energúmeno hacia el salón, donde entra hecho una furia y se planta ante los dos aspirantes, que se han levantado y retrocedido algo, por si acaso.
- ¿Qué prretenden usstedess de míii; Don. Ángel, de quien todoss han leído obrrass que nadie ha vissto, y únicamente gana lass parrtidass que no juega; y ussted, Doña Marribel, que ssi logrra jugarr ssiete como mássimo, pierrde onsse como mínimo, y no ssigo por conssiderrassión a ssu ssesso?
- ¡Consideración! ¡Pues vaya consideración! Usted sabrá mucho de ajedrez, pero en materias de modales y policía, deja mucho que desear. Sin ir más lejos, ahora que me fijo, la bata es un repertorio completísimo de lamparones, perdone que se lo diga.- responde valientemente Maribel parapetada tras el sillón.
- Piano, piano, no se nos ponga gallito ni se mueva tanto, que otra tufarada como esta última y no veré más la luz del día. Por ganar cuatro cerraditos, unos cuantos ópenes de poca monta, y tener un nombre extranjero, no vaya a subírsele los humos a la cabeza.- Es la contestación de Ángel, confiado en una furtiva comparación de alturas y volúmenes con su interlocutor.
- ¿Cuatrro torrneíiitoss? ¿Ópeness de mieeerrrda? ¡Ssépa ussted, sseñorr mío, que yo, YO, he ssido candidato! ¡Yo he ganado interrssonaless! ¡Yo tengo un nombrre! ¡Yo ssoy Rubhai Kuba! ¿Y ussted afirrma jugarr al ajedress y dessconosse éssto?
Miguel se acerca, conciliador. Para encauzar la conversación al margen de la torrentera del insigne maestro, imprime a sus palabras un tono distendido cuando aborda, sensato y tranquilo, a Ángel:
- El maestro es Maestro, con mayúsculas. Ha alcanzado las cimas que menciona Y lo puede demostrar cuando quieras. Amontona revistas en los idiomas que desees. En cuanto a la valía de estos dos amigos, podría usted mismo valorarlas en su justa medida jugando unas cuantas partidas esta misma noche. Lo tiene usted todo preparado. Veo que es el juego que le regalé.
Ángel cree adivinar las intenciones de Miguel, y se muestra cooperador haciendo una morisqueta simpaticona, como afirmando su total disposición. Maribel asiente, sin abandonar su refugio. El laureado internacional titubea unos segundos, pero al fín, alzando los hombros, acepta.
- Maestro, busque las revistas que convenzan de su categoría a este descreído. Mientras, voy a servir algo. ¿Hay vasos por aquí? ¡Ah, en ese aparador de tu derecha, Ángel! ¿Qué vas a tomar?
- El cólera, si bebo en estos vasos.
Es lo último que oye con claridad Rubhai Kuba que ya desciende las escaleras hacia la planta baja, en cuya habitación del fondo ha amontonado, con su habitual pulcritud, el material que ilustra su gloriosa carrera. Busca, rebusca, cambia montoncitos, extrae alguna revista de en medio de una pila, con cuidado al principio, de un tirón al final estropiciando el desorden, refunfuña, se enfada.
Y en ésto se afana hasta que un ruído alarmante llama su atención. Como si arrojaran piedrecitas por el suelo. Escucha. Parece que alguien se esfuerza. Sí, éso es: alguien resopla; contiene la respiración, gime; vuelve a resoplar; un pequeño rugido fruto de un esfuerzo contenido y todo queda en silencio. Algunos pasos apresurados. Atiende: unas voces quedas y apremiadas. Murmullos ahogados, quejidillos, gorgoritos. Sin atreverse a subir, ni a preguntar, se arrima a la puerta de la calle. La voz de Miguel, sonora y contundente, lo sobresalta.
- Será mejor que suba, maestro.
- Perro, ¿ha ocurrido algo?
- Suba.
Cuando Rubhai Kuba entra, receloso y alerta, contempla, por este orden:
  1. A Ángel de pié, frente a la entrada y junto al balcón, mirando hacia el tresillo.
  2. A Miguel, arrodillado ante el sofá en el que
  3. Maribel, sentada y echada hacia atrás, encima de su abrigo largo extendido, es víctima de un temblor casi imperceptible que afecta a todo el cuerpo; la piel como acribillada de manchitas; los ojos bailando en sus órbitas; labios entreabiertos, con ansias de respiración.
Perplejo, enmudecido, mira a los dos hombres con expresión interrogatoria. Ninguno responde. Al fin, sin moverse de su sitio por prudencia, logra preguntar con un hilo de voz enroquecida:
- ¿Qué... qué ha passado?
Miguel mueve desoladoramente la cabeza, hundido en el abatimiento de una fatalidad irremediable:
- Palosanto.
- ¿Eeeh?
- Palosanto
- ¿Palo... santo?
- Si, éso he dicho: Palosanto. Es, o era, terriblemente alérgica al Palosanto. Un caso desesperado, uno entre un millón. Reacción alérgica fulminante. Ya tuvo una hace años, en el Círculo. Fué rozar no sé qué, hecho en madera de ese árbol maldito, y rodó por el suelo. Se salvó providencialmente porque lograron trasladarla sin dilaciones a la Bola Azul. Por un sólo toque, que no debió de durar más de un segundo. Que lo cuente Ángel, maestro, pues fue testigo presencial, si es que puede recuperarse de lo que ha provocado con su acto fatal.¡Ha sido una dosis masiva!
- ¡Y yo qué iba a saber, Dios de los ejércitos armados!- exclama Ángel, desgarrado, pero alardeando de lecturas, y se vuelve hacia el balcón, dando la espalda a Kuba. Convulsionado, emitiendo un indefinible lamento por entre sus labios cerrados.
El Candidato se deja caer en la silla. No entiende ni quiere entender. No sabe, ni quiere saber. ¡Una muerte en su casa! ¡Una dosis masiva! ¡Una muerte en su casa por una dosis masiva! ¡Cuando lo único que deseaba en esa noche era analizar tranquilamente una posición! La posición que tenía en el tablero, a su lado. Ésa. “¿Ésa?” parece preguntarse extrañado, incorporándose algo del asiento. ajeno por momentos a la tragedia que se desarrolla alrededor.
Una tosecilla particularmente insistente de Ángel lo devuelve a la consciencia. Ángel, aún vuelto al balcón, mira hacia la víctima. El Ajedrecista sigue la dirección de su mirada. Maribel yace sin moverse, los ojos fijos abiertos al vacío inabarcable del Infinito, la boca con el mentón descolgado: sima de entrada a lo Desconocido, entrada que amenaza engullirlo todo en un bostezo descomunal. Miguel se levanta. El silencio ominoso. El viento que arremete contra la ventana, como exigiendo un tributo que le perteneciera: un alma humana que abandona su cuerpo. Miguel se acerca a Ángel y coloca una mano consoladora en su hombro:
- Habrá que llamar a un médico. Dar explicaciones. Puede que la policía, querido amigo.
- ¿La polissía? ¿Porr qué la polissía?- Kuba se levanta del asiento, movido por un resorte- Yo tengo residenssia prrovissional, pendiente de papeless. Ha ssido un acssidente. Un dessgrrassiado acssidente, perro acssidente. Bueno, yo no esstaba aquí. Me habíass enviado abajo. Tú missmo. Ssí., tú missmo. Lo recuerrdo perrfectamente.
Se interrumpe. Adivina en las miradas de ambos algo que no encaja. Barrunta complicaciones.
- Porrque ha ssido un acssidente. ¿O no ha ssido un acssidente? ¡Quién iba a imaginarrse que había porr aquí Ssantopalo! ¿Qué ess Ssantopalo?
- Palosanto, Don Kuba. Palo-Santo. Ahí, ahí.- Ángel señala con la barbilla un vaso con líquido transparente en la mesita baja del tresillo.
-¡Ah, una bebida extraída del árrbol! Ella bebió Palossanto, pobrressita mía ¿Quién ha trraido bebida de palossanto? La otrra vess tocó algo que esstarría empapado de palossanto. Ella no bebía.
- Se la dí yo con mis propias manos.Yo la puse en su boca, yo la obligué a ingerir dos buenos tragos, yo la maté inconscientemente, Don Kuba. ¿Y como voy a vivir yo con este peso?
- ¡Y a mi qué me imporrta! ¡Ussted la obligó a tomarr ssu prropia muerrte ssin intenssión de matarrla! ¡Ussted le adminisstrró a la fuerrssa la bebida morrtíferra sin saberr que erra morrtíferra! ¡Le hisso beberr palossanto cuando sabía de su alerrgia, sin saberr que erra palossanto! ... Yo no comprrendo nada.
- Muy fácil. Creí que era agua y le aticé más de la mitad del contenido.
- La forrssó a beberr agua... que ressultó no serr agua. Perrfecto. No me diga máss. Todo essplicado. Cualquierra en ssu lugarrr hubierra hecho lo missmo. Yo, como ussted, cuando se aprrossima una mujerr del génerro femenino, me tirro parra ella, y le endiño un vasso de agua porr el gassnate, quierra o no quierra.
- No se entera usted de nada, Don Kuba.
- Se essplica y actúa como juega, Don Ángel. Y porr lo que veo, con loss missmoss dessasstrrossos ressultadoss.
- ¡Qué carga tan insufrible
es el aliento vital
para el mezquino mortal
que nace en signo terrible!
- ¡No me venga con literraturrass en essta ssituassión! Éssto lo dessssifrro yo antess de que me echen de Essppaña.
Se acerca con decisión al vaso infernal. Huele: “Esste olorr...”
- ¿De dónde prroviene el líquido?
Miguel le acerca una botella que estaba sobre el aparador. El Ajedrecista e investigador provisional lee:
Licantropoff
- Más abajo, maestro.
Destilated in...
- Más abajo.
60º
- Aquí, cojones, aquí:
Aromatizado con extractos de madera de Palo Santo
- Essta botella no ess mía, que consste. La trajerron usstedess, a mi no me mirren. ¿Y por qué la forssó a beberr?
- Le había dado un mareo.
- Un marreo...
- Sí, estaba jugando allí con Miguel; soltó un resoplido y cayó sobre el tablero. Las piezas salieron esturreadas por todas partes. No gana uno para sustos.
- ¡Las piessass! ¡Ésso ess..!
Rubhai, acelerado, olfatea el Licantropoff, se abalanza hacia el rincón, olfatea una torre; a continuación, un alfil; después, el rey; busca en derredor, como si le fuera la vida en ello. Encuentra la caja de las piezas, lee, pega un saltito, se vuelve con ojos de poseso, da unos pasos hacia Miguel. Miguel, con prudencia comprensible, se coloca tras la mesita del tresillo, junto a la difunta. Ángel interviene, diplomático, procurando disminuir tiranteces, cuando el Insigne se ha detenido, agitado, en medio de la estancia:
- Pues, a lo que iba. Deciamos hace un minuto que ella se desplomó. Miguel la incorporó tras esperar un ratito, sin duda paralizado por la sorpresa; la incorporó, con cierta brusquedad e indelicadeza, si se me permite el comentario; la arrastró hasta el sofá sin ningún miramiento a su condición de sexo débil; me señaló el vaso con gesto que descifró al instante mi pronta inteligencia. Mientras le administraba la dosis, él recogió los trebejos y los puso en su sitio. Recuerdo...
- Para ya, hombre. Con lo lacónico que eres, y hoy no se te queda nada en el tintero. Innecesaria tanta información. No somos ni el doctor ni la policía. No te desbordes, que no estamos en una de tus narraciones, atente a lo esencial.
- ¡El doctor! ¡La policía! Se me habían olvidado. ¡Con lo preguntones que son los miembros de esos dos colectivos! ¡Qué preguntones, pero qué preguntones son! Y más que nadie, la policía: siempre indagándolo todo, siempre curioseándolo todo, siempre anotándolo todo. Es como una obsesión. ¡Y mis huellas en el vaso! Indelebles sin duda alguna, con esos vasos... Porque, ¡vaya vasos, Don Kuba!
- Tengo una plan ideal. Nadie podrá involucrarte. Ni al maestro.
- ¿A ÉL, A MÍ, monsstrruo?
- ¡Maestro!
- ¡Don Kuba, por favor, repórtese!
Sin darle tiempo a reportarse, se oye, desde los lugares de Miguel y la finada, unos chasquidos de lengua en paladar, propios de una boca reseca. Miguel se apresura a cerrar la luz, aclarando:
- Maestro, me está poniendo nervioso. Me he quedado sin saliva viéndolo así. Y a ella... los ojos como muñeca de pobres, las dos líneas de dientes tan separadas, que veía desde aquí los empastes y la campanilla... ¿No tiene por ahí algo con que cubrirla? ¡Ay!
- ¿Qué... qué ha ssussedido? Sse ha... sse ha movido.
- He tropezado con la mesa. ¡Qué se va a mover, maestro, si está tiesa como si le hubiera dado un garrotillo!
A partir de ahora, y hasta que avisemos al lector, Miguel habla medio vuelto a Maribel, silabeando con notoria precisión las frases, ante un Rubhai estupefacto viendo el desparpajo con que se comportan los dos sobrevivientes del Club que preside.
Habla siempre Miguel, retrasmitiendo:
- Yo de-jé en a-quel al-ti-llo del fon-do un co-ber-tor re-cién com-pra-do, nue-vo, sin es-tre-nar, den-tro de su es-tu-che y en-vuel-to en la bol-sa de la tien-da.
- Án-gel ha i-do a co-ger-lo.
- Án-gel lo co-ge
- Án-gel qui-ta la bol-sa.
- Án-gel des-co-rre la cre-ma-lle-ra.
- Án-gel ex-tra-e, con la tor-pe-za que le ca-rac-te-ri-za, la man-ta.
- Án-gel la ex-tien-de, y, ha-cién-do-se car-go de la si-tu-a-ción, co-sa sor-pren-den-te en Án-gel, sa-cu-de la man-ti-ta por un la-do.
- Án-gel le da la vuel-ta y re-pi-te, vo-lun-ta-rio-so, la o-pe-ra-ción por el o-tro.
- Án-gel la a-cer-ca él mis-mo en ma-no.
- Án-gel y yo la ex-ten-de-mos en-ci-ma de Ma-ri-bel sin que ro-ce en nin-gún si-tio.
Al lector: volvemos a la normalidad.
Cubren el cuerpo con precaución, muy detallosos. Cuando se vuelven, con el aire satisfecho de quien ha cumplido su deber, se encuentran a un Rubhai Kuba que no acierta en cómo tomarse lo que ha presenciado. Estirado, quieto, zarrapastroso, ha adquirido un halo de nobleza churretosa, la apostura de un aristócrata de la mendicidad en estado precatatónico.
- A verr, a verr... un minuto, que me recuperre... Dónde esstaba... Quién ssoy... ¡Ah, ssi! ¡Monsstrruo abominable! ¡Fierra del Averrno! ¡Demonio vomitado porr lass entrrañass del Abissmo! ¡Tú! ¡Tú!
Avanza hacia ellos al ritmo de sus imprecaciones, el brazo alargado, señalando con el dedo.
Ángel: ¿Yo?
Rubhai: ¡Él!
Miguel: ¿Yo?
Ángel: Pues claro, tú. Si no soy yo, eres tú; no te hagas el longui. ¿Verdad Don Kuba?
El Ajedrecista hace un amago de rodear la mesita por la derecha. Ellos retroceden por la izquierda. Amaga ahora por la derecha; ellos, a la izquierda. En vista de que no se dejan aproximar, desiste y vuelve al centro de la estancia. Desde allí aborda a Ángel:
- ¿Quién comprró lass bebidass?
- Maestro, no creo ser el momento conveniente...
- ¡Cálla, dessalmado, esstoy prreguntando a Don Ángel! ¿Comprró ussted lass bebidass?
- Un momento, que medite... hoy es martes... ayer fueron gurullos... el bulto aquel... la mili... No, definitivamente, no fui yo.
- ¿Fué ussted el prromotorr de la reunión?
- No, me llamó Maribel, que la había llamado Miguel. Dijo, me acuerdo como si lo tuviera presente, que...
- ¿De quién fue la feliss idea de vissitarrme?
- De su estimado discípulo, Miguel.
- ¿Invitó ussted a la víctima a jugarr mientrras yo busscaba lass malditass revisstass?
- ¡Qué va!
- ¿Llenó usted el vasso mientrras yo esstaba aussente? Aussente, no lo olvidemoss nunca.
- No. Sólo bebo ginebra, y tiene usted una cristalería de juzgado de guardia.
- Limítesse a contesstarr a lo que sse le prregunta. ¿Ssabía ussted que una de lass botellass contenía esstractoss de ssantopalo?
- Palo-Santo, Don Kuba... Repita conmigo: Pa lo san to
- Cuatrro vesses ssubcampeón... Prrimerr tablerro en el equipo durrante añoss... Inessplicable... ¿Lo ssabía o no lo ssabía ussted?
- ¡Qué iba a saber yo!
- Váya a la cossina. Déjenoss ssoloss.
- No sé si debo. En sus condiciones...
- ¡A la cossina! ¡A la cossina o no resspondo de mi!¡A la cossina!
Ángel obedece no sin comunicar primero a Miguel: “Voy a la cocina”. Rodea al prestigioso Maestro, y ya en la puerta, a todos: “Estoy en la cocina, por si necesitan de mí”. El Candidato alza los ojos al cielo: “Casso perrdido. ¿Y usstedess penssarron que yo iba a perrmitirr alinearr a ssemejante, ssemejante...?” Ángel se encuentra con el pasillo a oscuras, y, ahora que cae en la cuenta, no sabe dónde está la cocina. Inopinadamente, el Maestro resuelve la situación como un torbellino. Lo coge del brazo, lo arrasta a una puerta, lo empuja dentro del habitáculo y enciende la luz. Es la cocina, que no describimos por consideración al limpio y paciente lector. Allí lo agarra por las solapas, aproxima sin previo aviso el rostro al de Ángel y susurra, casi boca con boca:
- Aquí no noss oye. Cuénte punto porr punto lo que ocurrió al ssentarrse loss doss ante el tablerro.
Ángel se lleva la mano a boca y nariz, con ojos de terror, congestionado, alcanzando un rojo subido, de tonalidades impropias en la especie humana. Llegado de los infiernos, surgido de las ciénagas putrefactas del Cocyto, se le ha incrustado en el alma una pestilencia corrosiva, cortante, de una agresividad brutal. Encomendándose a la Virgen y todos los Santos, abre un resquicio en la boca para decir de carrerilla:
-Ellapusotodaslaspiezasmientraselseencargabadelreloj.
-¿Qué?... ¿Cómo?
- Élpusoelrelojyellacolocólaspiezas.
- ¿Quién lo disspusso assí?
- Él.
- Maquiavélico. Asstuto. Calculadorr. Minussiosso. Todo medido. Milimetrrado. Si fuerra assí jugando... Ussted esperre aquí hassta que yo sse lo diga. Sse juega ussted ssu desstino.
Sale del golpe, dejando a Ángel luchando, efectivamente, con su destino: una asfixia mortal. Cuando entra en el salón. Miguel, de pié, mira al exterior por la ventana del balcón. Entorna los postigos y se gira.
- Ussted habrrá comprrendido que lo he desscubierrto todo. Antess de que hable, ¿no tiene nada que dessirrme?
- ¿Me habla de usted, maestro?
- Ssí, ssí. Ya no puedo, con lo que ahorra ssé, tutearrle. Ussted conossía su padessimiento, essa alerrgia tan esstrraña, y trrassó ssu muerrte con una prremeditassión esscalofrriante, con una frrialdad diabólica. ¿Quierre contarrmelo o tendrré que contárrsselo yo?
- Ángel le dió la bebida.
- Que ussted comprró y ha trraído esta noche, que ussted verrtió en el vasso sin que él lo notarra, (algo no muy difíssil, lamentable crriaturra limitada), vasso que ussted le sseñaló parra que dierra a beber a quien no podía defenderrse. Perro no fue la bebida el instrrumento de ejecussión.
- ¿No?
- ¡No! Tampoco fue Ángel el brrasso inossente que descarrga, ssin ssaberrrlo, el golpe definitivo.
- ¿No?
- ¡No!
- Me tiene usted en ascuas, maestro.
- ¡Qué prressenssia de ánimo! ¡Ssi la utilissarra en el tablerro! Todo el inssidente del vasso esstá penssado parra que crreyérramoss que él erra el autorr de éssta muerrte. Hay que tenerr mala condissión.
- Él lo ha admitido.
- Admite que dió a beberr lo que contenía el vasso, ¡perro ella... ella ya esstaba envenenada!
- ¡No joda!
- ¿Pitorreo? No ess el momento ni el lugarr, ni ssoy la perrssona. adecuada. La invitó a jugarr. Sse encarrgó de manipularr el reloj, y dejó que ella colocarra lass piessas. Sí, essas piessas que ussted me regaló...¡y que esstán fabrricadas en maderra de Palossanto! Cuando se dessplomó, dejó passarr un esspassio de tiempo a fin de que la reassión fuerra irremediable. ¡Ussted la mató! ¡Jaque mate!
- Maestro, no sea usted de su pueblo. Ssi hubierra ssido assí... Perdón, me ha salido sin querer, me está desquiciando con tales insinuaciones. Le dió como un vértigo. Ángel se abalanzó a atenderla, y, sin pensarlo dos veces, como él hace las cosas, le vació más de medio vaso. Éso fue todo. No se haga mala sangre.
- ¿Inssinuassioness? Le esstoy acussando forrmalmente, con todass lass de la ley. Colocó otrra vess lass piessass con el fin de que no advirrtierra que habían esstado jugando. Y como no ssabía la disspossissión, mirró el librro, se orrientó porr el carrtón con que sseñalo, vió el único diagrrama que aparresse en esa página, y lo reprrodujo en el tablerro. No erra la que erra. Prrimerr errorr, aunque mínimo. Perro Ángel lo vió, esstaba aquí, lo ha referrido. ¿Contaba acasso en que no reparrarría en lo que tiene ante ssuss ojoss? ... Prregunta esstúpida, conossiendo a esse hombrre.
- Confiaba en que con el follaero y con el despiste que lleva encima a todas horas... que ha perdido no sé cuántas partidas por dejarse el móvil encendido... , pues éso, que sólo tendría entre ceja y ceja que él la mató; y, sin embargo, mire usted por dónde, esta noche se ha extendido en dar pelos y señales... No puedo con usted, maestro. ¡Cabeza privilegiada! ¡Imponente! Y no tan de mala apariencia si la adecentara de vez en cuando.
- La lavé el ocho del mess passado, luego me toca el ...- contesta mecánicamente Ruhai Kuba llevando la cuenta con los dedos. Pero se recupera inmediatamente- Me esstá disstrrayendo ¿Porr qué, disssípulo malogrrado? ¿Porr qué?
Se deja caer en una especie de taburete. Tal que un personaje de Dostoievski Miguel da vueltas por la sala con pinta de perturbado mientras va desplegando las razones de su mala conducta:
- ¡Querían sustituirle, maestro! ¡Iban a colocarle a estos dos pájaros de cuidado! En realidad, la pájara de cuidado era ella; él es un mirlo blanco. ¡Y usted rebajado a figura de comparsa! ¡Usted, mi mentor, mi guía, mi norte en los juegos de la inteligencia, el superhombre en los reinos del ajedrez, la Voluntad en estado puro, mi Zaratustra! Usted me llevará al titulo de Gran Maestro, a las cumbres pristinas del juego por excelencia, me hará contemplar los paisajes ilimitados que se divisan en las alturas, a la realización en las 64 casillas, en mi existencia entera! Me postro ante su magisterio, me consagro a su inteligencia. Le besaría las manos, pero aún no me han expedido el carnet de manipulador. Con éso se lo digo todo.
Rubhai Kuba, persona al fin y al cabo, se conmueve. Contempla dolorido la agitación de Miguel, discípulo predilecto; esboza una mueca de puchero, dos lágrima asomando por entre la conjuntivitis de sus ojos. El Maestro es un hombre. Posee un corazoncito. Minuto decisivo, axial, en el que dos Hombres se encuentran en las señales de su destino, en el que dos Mentes se reconocen en la filiación de su origen, en el que suena en la sala, inequívoco, inapelable, un estornudo. Y, por añadidura, Maribel, desmintiendo su estado, se suena las narices. El Ajedrecista, para resumirlo y economizar palabras, se hunde en un desorden mental. Con un gemido continuo de terror en su garganta, se yergue de golpe, farfullando en kurdanés, una de las cuarenta y pico lenguas oficiales en el Kurdasestán, su ahora añorada patria. Miguel, tras un instante de confusión, se hace cargo de las circunstancias. Sienta de un empujón en los hombros a su gurú, y, como un polvorilla, corre hacia el tablero, recoge un manojo de fichas, se acerca a Maribel, y, antes de desaparecer bajo la manta que la cubre, anima al Candidato: “No se desconcierte. Deseche preocupaciones, déjelo en mis manos. Le descargo este cargamento de Palosanto en el canalillo y concluimos en un periquete” El aludido no da señales de reaccionar. Mira hacia el bulto que forman los dos cuerpos bajo la manta. Ido, lo que se dice ido. Aunque unos restos de actividad racional debe permanecer en su espíritu, porque, al oírse como unas risillas apagadas, unos murmullos reprimidos, procedentes de aquellos lugares, se levanta y con dificultad va acercándose, acercándose. ¿Se ríe la moribunda? ¿Miguel recita ensalmos? ¿Se entrega a conjuros? Miguel asoma la cabeza, el cabello alborotado, ojos lacrimosos, un riptus en la comisura de los labios:
- Los estertores finales. Tráigame unas cuantas piezas más, que se las distribuya por aquí y por allá. Comportémonos como cristianos y pongamos fin a esta agonía indecente. ¡Es dura, resistente! ¡Si no llego a tiempo...!
Rubhai camina, zombi, hasta el tablero. Vuelve con las manos llenas de trebejos que Miguel recibe a medio camino. Hace sentarse al kurdasestanés. Desaparece de nuevo bajo el cobertor. Un último suspiro estentóreo. Maribel estira las piernas. Miguel se presenta.
- C’est fini. Finito. Acabado. Ya le comenté que era terca, atascada.
- La ambulancia... la comisaría.. el cuerpo...
- Déjeme que le explique. Su mente preclara adivinó que lo tenía todo preparado. Muy bien preparado. Sí, amañé el escenario para que Ángel se autoinculpara de una muerte accidental, pero ha sido a fin de obtener su colaboración. ¿Se encuentra usted en condiciones?
Rubhai no dice nada. Ha renunciado.
- Bueno, da igual como esté. Yo se lo cuento. Recordé que Ángel conocía la existencia de ese juego de llaves que ha enseñado. Varias veces, en sus tiempos, cuando aún se suspendían las partidas habían permanecido a altas horas en los salones para analizarlas ¡por lo que se ve, hubo épocas sin ordenadores, fíjese, en los años de marí castaña! Él cerraba. Él sabía dónde se guardaban esas copias. A mi hora, cierro cuidadosamente la puerta de la habitación interior donde estábamos, apago todas las luces de las demás estancias, de tal manera que, tanto desde la calle como de la planta baja, el segundo piso se ve a obscuras. Bajo las escaleras como para salir, informo al portero que no queda nadie arrriba, le doy las buenas noches, y me refugio en el cuarto de guardarropas. Y he esperado. El portero apaga las luces del primer piso, habrá comprobado que no hay luz arriba. Oigo las llaves en la cerradura. Y el silencio. No tengo más que subir y anunciarles a estos dos pardillos que nos hemos quedado encerrados. Mediadas varias indicaciones solapadas por mi parte, Ángel da con la solución, alegrete como un niño que ha resuelto un rompecabezas de ocho piezas. ¡Qué poco cuesta hacerlos felices! ¿La finalidad de todo este galimatías? se estará usted preguntando. Y si no se lo ha preguntado, lo hago por usted. Ángel y yo nos vamos a llevar el cadáver al Círculo Mercantil. Ángel sabe en qué sala le dió aquel ataque a la fallecida, donde había algo realizado en esa madera nefanda. Me llevo las piezas y las dejo a su lado, para darle más énfasis a la situación. Y nos vamos. Mañana colocamos las llaves en su sitio, aprovechando el caos que supondrá el descubrimiento del cuerpo y sanseacabó. Una estrategia maestra. ¿Qué le parece?
- ¿Don Ángel... se prrestarrá?
- ¿Ángel? Ángel a lo único que aspira en la vida es a la tranquilidad, a que no lo molesten: un camastrón con todas sus letras, se lo digo yo. No utiliza la memoria para evitarse agobios. Lo que le sucede hoy lo echa al olvido mañana, la persona que no ve en tres días, es como si no hubiera existido nunca. Así va: medio ennortado. ¡Y quería usted inculcarle teoría! ¡Tantas variantes en la cabeza! Con cuatro o cinco reglillas a lo sumo, se apaña. Me veo en la obligación de reconocer que no lo hace tan mal: no salgo de las tablas por más peones que le gane. Menos mal que también lo despacho.
El Ajedrecista retrocede el cuerpo.
- No, no así. Lo despacho a Ohanesburgo. Se ha comprado una casa allí, chifladuras de poeta. ¿No sabe usted por dónde cae Ohanesburgo? Yo tampoco lo tengo muy claro. Alguna ciudadela de esas europeas con encanto junto a otra que también acaba en burgo. Dos pájaros de un tiro. Con haber aludido a la policía, ya lo tengo en el bote. Papeles, abogados, interrogatorios... Se prestará a lo que sea con tal de quitarse el muerto de encima. Llámele y vaya a descansar. Yo lo dispongo todo. No es necesario que lo presencie. A su cuarto. Daré un toque por el interfono cuando ya pueda correr los cerrojos.
Exactamente, lo que desea con toda su alma Rubhai Kuba. Cuando entra en la cocina, Ángel está inclinado en el frigorífico abierto: apartando todo lo florecido, busca algun recipiente sin abrir y en plazo de consumición. En su mano izquierda, una bolsa de mediasnoches. El Insigne le oye hablar de alguien desconocido:
- ¡Qué barbaridad! Ver para creer. Su persona, un top model, con fecha caducada, de la pasarela Churretes; entrar en la casa es visitar una impecable exposición de Pocilkea; abro el frigorífico y me enfrento al museo de los horrores.
- Don Ángel, Miguel ssolissita su prressenssia.
Ángel entorna con el pie la puerta del frigorífico. De pié, con la bolsa aún en la mano, se deshace en explicaciones mientras espera a que Rubhai despeje la salida;
- Don Kuba, las preocupaciones me dan hambre. Somatizo en la boca del estómago, como un vacío ruidoso, por esta zona, a borbotones y tengo que aliviar las ebulliciones comiendo. Los disgustos me engordan. Como ingrese en el Acebuche, voy a acabar enorme, habrá que proceder a una reducción de estómago. Estaba aburrido, sin hacer nada. El que espera desespera; que hay que ver lo atinado de los dichos españoles: con razón oímos que no hay refrán que no tenga su verdad, o que no hay refrán que no sea una sentencia. Escribiré algo sobre el tema. Algo ligero, agudo, de gracia etérea, sencillo, sin complicaciones, para que lo entiendan su discípulo y Maribel. ¡Por Dios, Maribel, cómo ha podido olvidárseme; de cuerpo presente! ¡Desgraciada Maribel, ya no leerá nada mío! No somos nada. ¿Qué es la vida?, Don Kuba. Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son, Don Kuba.
Don Kuba se aproxima a Ángel, coge la bolsa de mediasnoches, se da la vuelta y sale. Cuando Ángel se asoma, lo ve avanzar despacio, sobrepasar la puerta de la salita, continuar hacia el fondo, a su dormitorio; entra, cierra la puerta y echa el seguro.
El ex candidato, sentado en la cama, zampándose una medianoche, en espera de que desaparezca la troupe que se le ha colado en casa, figura un santo de estampa, caminero, desaliñado, un seráfico apóstol del andrajo vagando en aspiraciones celestiales de quietud, reposo, armonías. ¡Ah, no estar allí, no estar en la ciudad, no estar en el país; no estar en el continente, en la Tierra, en la Galaxia; no estar en ningún lado. Sobre todo, no estar allí.
El narrador confiesa humildemente desconocer los pormenores respecto al traslado de los restos mortales de la finada, por lo cual se limitará al díálogo que sostuvieron Ángel y Miguel en su fúnebre cometido y que llegó a oídos del Maestro; diálogo iniciado en la sala, continuado a lo largo del pasillo y rematado al inicio de las escaleras. Lo demás es silencio.
ÁNGEL: Ignoro el protocolo a seguir en el desplazamiento de cadáveres al Círculo Mercantil e Industrial. No recuerdo ningún precedente, porque, hasta donde me alcanza la memoria, allí los he visto desplazarse siempre por sí mismos.
MIGUEL: ¡Vaya papeleta!
ÁNGEL: Has conseguido con notable constancia empapelar dos paredes a base de diplomas de cursillos imposibles, ¿y ninguno ha tratado la cuestión que nos ocupa? ¡Qué contrariedad!
MIGUEL: Ya puedes imaginar cuál será el próximo. Me decanto, por el método intuitivo: yo la cojo por los sobacos y tú por las corvas... ¿Preparado? Uno... dos... ¡y tres!
ÁNGEL: ¡Para, para! Se estiran las piernas, se me desliza. Como si abrazara palos de esquis. No funciona. En la silla, siéntala en la silla. voy a cogerla de los tobillos... ¿No se le ha movido el cabello? Mírala, con esas pecas que ha provocado la reacción... el pelo desplazado de su lugar... parece... ¡parece el cadáver de Pipi Calzaslargas madura! Venga, intentémoslo otra vez... ¿Ya?
MIGUEL: ¡Ya!... ¿Esto qué es? Se le descuelga un mechón de pelo... se le cae... Ángel, se nos está deshaciendo a piezas.
ÁNGEL: ¿Cómo dices? Vamos mal, se hunde, pesa como una condenada, va arrastrando el culo por todo el pasillo, resulta irreverente... se le arrugan las medias.... los zapatos por el suelo... un pendiente... Si seguimos así llegará al coche despojada de todos los complementos. En la silla junto al taquillón, aquí, aquí. No son formas civilizadas de transportar un muerto por mucha confianza que le tengamos; no está bien.
MIGUEL: Allí. La mata de pelo desprendida. Efectos secundarios del envenamiento.
ÁNGEL: A ver. Descubrimos otra consecuencia de la alergia al Palosanto; apunta: desprendimiento y caída de las extensiones.
MIGUEL: ¿La ponemos panza abajo para que vaya más tiesa?
ÁNGEL: Rechazadas, por antiestéticas, la propuesta y la formulación. A coscoletas. Hasta el coche a coscoletas.
MIGUEL: No procede por imposibilidad manifiesta: no se va a agarrar, tendencia irrefrenable a dejarse caer como un fardo, absoluta falta de colaboración por su parte.
ÁNGEL: Es verdad. No podrá arrimar el hombro nevermore. ¡Con lo dispuesta que siempre ha sido, mecachis! Y para ir encorvados, las escaleras resultan insalvables.
MIGUEL: Entonces...
ÁNGEL: ¡Ya lo tengo! Muy fácil, y sin cursillos. En la silla. La bajamos sentada, como corresponde a una señora. En aquella que tiene brazos. La atamos al respaldo con su cinturón, ¡y al chevrolet! Y si nos ve alguien de esta guisa: beoda, borracha perdida, no aguanta los guisquises y se ha emperrado en probarlo...
MIGUEL: Ya está segura. ¿Quien se lo iba a decir: salir en volandas, echa una reina, cual papisa del ajedrez. Si le ponemos estas flores del taquillón...
ÁNGEL: Una maya de extrarradios con viruelas. El abrigo, cubramosla con el abrigo. Si sale así, con la noche que hace, va a pillar un tabardillo... ¡Vaya, por Dios, otra vez: la segunda vez que olvido...! Hasta que no escriba una elegía no me acostumbraré... Venga, una... dos... tres... ¡aúpa mi niña!
MIGUEL: ¡Qué buena idea! Va de maravilla. ¿Nos dará tiempo a tomar algo después?
ÁNGEL: Yo creo que sí. Un par de cubatas no nos lo quita nadie.
Rubahi Kuba, ensimismado en sus bollos, espera a que suene el interfono. ¿Qué tiempo ha pasado desde que desaparecieron las voces? No puede asegurarlo. Escucha atento. Silencio. ¿Habrán dejando el portón de salida abierto? Decide levantarse. Se acerca a la puerta sin dejar la bolsa, descorre el seguro, abre...
- ¡Aaaaah!
- ¡Hostia, Don Kuba, qué susto me ha dado!
Ángel. Con un bolso y un cinturón ancho en el hombro derecho, una cabellera o cola de caballo enmarañada en el otro, zapatos con lentejuelas en la mano izquierda, el brazo derecho en actitud de ir a llamar.
- Venía a devolver una silla que hemos utilizado y a recoger estas cosillas que habían ido quedándose por el camino. La hemos dejado en el coche, en el asiento que acostumbraba ocupar, mirando por la ventanilla, como solía: últimos detalles para con nuestra amiga. Miguel me encarga decirle que no se mueva de aquí por unos días, él ya avisará. Y me despido, Don Kuba: no podré jugar, como usted hubiera querido, el encuentro de ascenso. Mañana mismo viajo a Ohanesburgo, y no sé cuándo volveré. Tengo allí un pisito. Nada de otro mundo: dos habitaciones medianas, tirando a pequeñas, cocina-salón confortable, una terraza con vistas que es una delicia. Si se acerca usted por allí, visíteme. Sin compromisos de ningún tipo, sin regomello. Miguel tiene mi dirección. Podremos disfrutar de una velada segura: procuraré que no entre allí nada que se parezca al palosanto, que nos ha dado una noche que para nosotros se queda. Nada más mencionarlo, y me ha dado aprensión. Lo que son las cosas de este mundo imprevisible, Don Kuba: mañana me toca la primitiva, pasado mañana se muere usted... ¿Se encuentra bien? ¿Sí? Como le veo apretarse el pecho... Bueno, pues me despido, necesita descansar. Y yo también. Me quedaría otra media hora, pero aún queda trabajo por hacer, y, la verdad, ha sido mucho ajetreo para mí, ni tengo edad ni estoy acostumbrado a estas cosas. Miguel espera. No se olvide atrancar bien la puerta: hay mucho maleante suelto y le pueden dar un disgusto. Hasta siempre Don Kuba, cuídese, el Club lo necesita.
Y Ángel se aleja por el pasillo, desaparece por las escaleras, canturreando por Rafael Farina:
Vino amargo es el que bebo
por culpa de una mujeeer;
porque dentro de mí lleevo,
porque, .....
El Ajedrecista, cuando oye el portazo, baja a echar los siete cerrojos. Realizado lo cual, siente como un dolor en el pecho que se extiende por el hombro. Se sienta. Coloca una pastillita debajo de la lengua y descansa. Al rato, se toma otra, que acompaña con la mitad de una medianoche. No se siente bien. Se levanta a descansar, subiendo los escalones descansando a tramos. ¿Quién lo convencería para quedarse en España, enseñando? Miguel. ¿Y lo de arribar a Almería, contratado? Miguel. ¿Quién ha provocado la muerte de la interfecta, y en su casa? Miguel. Sempiterno Miguel. ¡Ese discípulo desquiciado provocará su destrucción! ¡Y él sin advertir síntoma alguno! Se detiene. ¡Ahora, sólo ahora descifra el sentido de los ataques enloquecidos de sus partidas y esa ortografía de demente en las entradas de su blog!
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Rubhai Kuba vive tres días infernales encerrado en la casa, en un sobresalto continuo. Con el corazón encogido escucha todos los pasos que se acercan, se aproximan,... ¿se detienen en la puerta?, ¿no se detienen?, se alejan, sí, sí se alejan, se alejan... Un flujo y reflujo constante, permanente. En vilo... relajado... aterrorizado... con suspiros de alivio... Voces que se demoran junto a su fachada... que se retiran,... ¡Tocan a la puerta! ¡No, no, es en la del vecino; sí la del vecino, que abre! Y las noches en vela, en alerta. Las pesadillas de las duermevelas... Un sin vivir. ¡Y el condenado de Miguel sin dar señales de vida!
Al cuarto día, por la tarde, moviliza su voluntad. Se presentará en el Círculo y terminará con esta incertidumbre que lo consume. No se ha afeitado, único signo de decoro que ejecutaba en su persona. La barba arrastra en su crecimiento restos no identificados. Rostro, demacrado, chupado, sucio, de un color fundido en matices transgénicos. Ojos de alucinado, engendrados en la conjunción de la tracoma y el insomnio.
No puede dar un paso. Se agota. Se ahoga. Descansa de trecho en trecho, con sensación de vértigo. Por fín entra en el vestíbulo del Cìrculo Mercantil e Industrial. Allí está el portero. Se acerca tres pasos para indagar. El portero se aleja tres pasos para contestar:
- ¿Todo en orrden porr aquí? ¿Nada fuerra de lo común en loss últimoss díass?
- Nada de nada, Don Rubén. La rutina habitual.
- ¿Ssegurro?
- Tengo esta semana turno de tarde, y le aseguro que hemos tenido la misma tranquilidad de siempre.
Se dirige al ascensor. Dos socios esperan a la puerta:
- ¡Ah, D. Sulpicio, qué cabeza la mía! Tengo que presentarle a mi cuñado, que ha mostrado interés en conocerle. Está en el café de aquí al lado. Venga conmigo. Ya volveremos más tarde. Suba usted, suba, D.Rubén, nosotros nos vamos.
Al llegar al primer piso ve acercarse desde la Biblioteca al Secretario, que ejecuta un elegante giro curvado para cambiar de dirección y se adentra en los baños.
- D. Rubhai, discúlpeme usted: una urgencia ineludible. Pero hable desde ahí. ¿Qué iba a decirme?
- ¿Ha vissto ussted a Miguel, mi adjunto en lass classess?
- No, no lo he visto.
- ¿Y a Marribel o a Don Ángel?
- Tampoco, tampoco los he visto.
- ¿No ha ocurrido nada en esstoss díass?
- ¿Tenía que ocurrir algo? Pregunte al Presidente. He estado ausente, de viaje, casi dos semanas. He regresado hoy, al mediodía.
D. Rubhai vuelve a coger el ascensor y sube al segundo piso. La sala de bacarrás, el recinto del dominó, los despachos, permanecen con su ambiente habitual. Nada ha perturbado la vida cotidiana del edificio. El Presidente no se encuentra por allí en estos momentos. Alza los ojos al cielo: nadie está donde se le busca en este pais de azogados, ocupadísimos en no hacer nada provechoso. No se ve con valor para enfrentarse con la sala de ajedrez. Vuelve al ascensor, baja, cierra la puerta. El ascensor sube. Mira alrededor, y decide volver a casa por si Miguel contacta. Alguien grita por el hueco de las escaleras señoriales: “Porterooo. Traiga ambientador. El ascensor jiede a perros muertos”
Ya en su casa, recibe un emilio de Miguel: Calma chicha. Crematorio irreprochable. Toda achicharrá. Ángel en Ohanesburgo. Allá él. Usted en casa. Evite soponcios. Estudio Indobenoni. División Honor al alcance de la mano. Mande ejercicios por correo electrónico. xD.
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El tiempo todo lo cura. Tras dos semanas preparando on line al equipo, sin llegar noticias inquietantes de ningún lado, el Excandidato recupera parte de la seguridad perdida. Permanece el cansancio, la respiración dificultosa, una presión discontinua en el pecho, pero el miedo, la angustia, el recelo constante, han remitido. Incluso hoy, sábado por la mañana, se siente con ánimo de ir a presenciar el encuentro, alentar a los suyos. Dirige el club y su celo profesional no le permite quedar en casa mientras sus jugadores luchan en el tablero por un ascenso. Tiene que estar presente. Debe de estar presente. Como signo de reconciliación con el mundo va a ducharse. Si, lector, mi palabra de honor que el Ajedrecista se ducha; vamos, que se está duchando. Abre un armario para descolgar un traje impecable envuelto en su funda. De arriba a abajo, de fuera a dentro, el Maestro se renueva. Reluciente como una patena. Llama un taxi. Un círculo admirado y formando corrillos lo contempla pasar por la terraza, entrar, subir al ascensor, dirigirse al salón noble donde están para comenzar la ronda. Y allí, súbitamente, se paraliza, echa manos al pecho, se dobla , retrocede trastabilleando. Ante sus ojos el edificio se desmembra. Los marcos de los ventanales, desprendidos, inician un empuje que hace saltar los balcones, en volteretas de circo, tres mortales y medio, hacia el Paseo; las paredes se alongan, se alejan en un movimiento simultáneo al abobedamiento de los techos que, ahuecándose en las pinturas del centro, desprenden las figuras que caen lentas, ligeras como plumas, en contorneos voluptuosos, ondulaciones lascivas, hasta llegar a un suelo al que manos poderosas e invisibles pliega como alfombra.
Oigan, acudan, a este hombre le ha dado un ataque” La encargada de la limpieza, que anda por ahí, olisqueando y escaqueada, llama la atención de los presentes. Acuden, lo tienden en un diván. “Arriba, en la sala del bacarrá, está el doctor Argüelles. Voy a avisarle. Llamen al cero sesenta y uno.” El enfermo oye ecos distorsionados de voces siderales sonando en el espacio interior de una campana inmensa. Todos hablan, todos dan indicaciones, nadie hace nada. En el caos de una Creación que pierde sus fundamentos, Rubhai Kuba adivina a ráfagas una escena nítida, clara, que se abre paso en medio de tanta confusión de formas. Fué al entrar en el salón, al mirar las mesas con los jugadores ya sentados. Allí. La escena se le representa en todos sus detalles. Sentados en los tableros tercero, cuarto y quinto; Miguel, Ángel y Maribel, lo saludan efusivos, con una simpatía cordial, dicharachera. Alzan los brazos para recibirlo con un gesto alegre de la mano. Se les ve contentos.
Abre los ojos para comprobar. Ahí están, entre el público que lo rodea.
MARIBEL: D. Rubhai, ¿me oye? No hable, no realice esfuerzos. El médico viene ya, está aquí al lado... Algún mareo de nada... alguna alergia mal tratada... Solo un susto. Míreme usted a mí: en peores situaciones me he encontrado, como ya sabe, y aquí me ve, tan campante.
ÁNGEL: Don Kuba, no se deje llevar por la alarma. Son muchos días encerrado, y claro, al salir, la debilidad le ha jugado una mala pasada. Además, se ha bañado usted. ¡Qué imprudencia: de golpe y sin estar habituado! Estas cosas se hacen poquito a poco. En fín, en cuanto esté de pié, nos montamos otra soirée en su domicilio. Yo me encargo de los canapés, Maribel de disponer la mesa y Miguel de las bebidas. Usted, ni molestarse.
Rubhai Kuba, los aparta con movimientos de brazo: “No... no...” En un último esfuerzo, se incorpora del diván, ase a Miguel por una manga, lo aproxima, se le oye sentenciar: “Assí... ¡assí no noss classificamoss!”, y se derrumba. Es el momento en que llega el Dr. Argüelles, el Presidente y el Secretario del Círculo. “A ver, apartense todos. Déjenlo respirar. Pedro, despeja la sala. Todos fuera.” Examina el cuerpo. “Este hombre ha fallecido”.El Presidente toma el mando: “Venga, vayan abandonando el salón, como ha dicho el doctor. Nosostros esperamos a la ambulancia. Pedro,llama al seguro, que se encargará de todo. Avisa a la familia. Hoy no se juega; en estas circunstancias...”
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Al salir desalojados, en los escalones de la terraza, charlan los tres protagonistas de nuestra historia bajo un Sol de invierno espléndido y en la calma de una mañana luminosa que invita a pasear. Poco a poco van acercándose hasta la Rambla mientras se entregan a una conversación amistosa.
MARIBEL: Un día magnífico en todos los aspectos. Me encuentro ligera, feliz, liberada de preocupaciones, con esa agradable languidez del convaleciente que ha dejado atrás una enfermedad del alma. ¡Qué incordio de hombre! Lo acaparaba todo, no dejaba meter baza en nada. Y cargante: siempre encima de una. No había forma de progresar en el Club, en el Círculo. Feo de ver, insufrible de oler, peligroso de tocar. ¡Pero todo se ha acabado, gracias a Dios!
ÁNGEL: Y a mi persona, que si no elaboro este plan ingenioso estaría arriba gruñendo cada jugada de los componentes del equipo, diciendo y echando pestes de todo y por todo. ¿Cómo se te ocurrió blindar el contrato?
MIGUEL: No sabía lo insufrible que llegaba a ser. Inaguantable. Ya me extrañó la prontitud del antiguo club en cedérnoslo sin plantear pega ninguna. Me tenía la casa como ya lo habéis comprobado: tendré que fumigar, desratizar, organizar batidas. Había dejado de pagar el alquiler por las bravas. Pretendía que lo hiciera el Club alegando la letra del contrato, que no leí por incauto antes de cederle la casa. ¡Y quién es el guapo que le cobra al Círculo! Indesalojable. ¡Y encima, ponía mi juego de cuarta y media en los análisis! Me colocaba dos interrogaciones en todas las jugadas, que parecía la planilla un test apretado y exhaustivo. ¡Con deciros que no me dejaba beber durante los torneos!
ÁNGEL: ¿Éso hacía?
MIGUEL: Tal y como te lo digo.
ÁNGEL: ¿Ves? El que la hace, la paga.
MARIBEL: No sabemos en qué podía haberte agraviado. Criticaba tu indolencia, la incapacidad de realizar un esfuerzo continuado. Pero ésto, hasta donde sabemos, te es indiferente. ¿Lo has hecho por amor al arte? ¿Te excitaba el planearlo, imaginar todo el tinglado de la farsa, la curiosidad intelectual por ver cumplidas las consecuencias previstas?
ÁNGEL: ¡Oh, la indolencia! La indolencia es un signo de hombre superior. Entiéndaseme: la indolencia en llevar a acto lo que ya está desarrollado en el espíritu. Dió un paso más allá de la mera constatación de que nadie ha visto ni una página mía. ¡Ponía en duda la existencia de mi literatura no escrita! Arruinaba así mi bien merecida fama de gran escritor sin tomos para leer, con una mentira falaz, con una falsedad de hecho, con la malignidad de un demonio ajedrecista que propagara el caos en una partida de la confusión.
MARIBEL: Se comprende. Era un hombre imposible. Pero también podrías aportar algo más sólido, que pueda leerse con los ojos de la cara, no de la mente. No has sido para darnos ni una mísera línea de guión. Hemos tenido que confiar en nosotros mismos para todos los detalles. Y no lo digo por mí, sino por Miguel. En mi caso, con adoptar unos visages raros, por no calificarlos de gilipoyas, aprendidos cuando me dedicaba el teatro universitario de vanguardia, me he apañado. Pero Miguel...
ÁNGEL: Miguel ensarta una mentiras tras otra con una tranquilidad pasmosa, imperturbable. Un maestro de la improvisación inmediata ante el que me descubro.
MIGUEL: No te podrás quejar en tal aspecto por falta de cualidades eminentes.
ÁNGEL: No puedo quejarme, pero de vez en cuando me aturrullo. ¿No os he aportado el tono de las escenas, el aliento del drama, las direcciones de los diálogos, el sentido total y parcial de la obra? Sois inteligentes y lo habéis captado plenamente. Papeles, bolígrafos, cartuchos de tinta, pendrais, disketes, textos digitales... ¿qué importan cuando todo está ya aquí, en el entendimiento y el corazón? Trabajaero absurdo, de menestrales.
MIGUEL: ¿Y qué hacemos con toda la mañana por delante?
ÁNGEL: Y no sólo esta mañana. ¿No os digo que nada debería de pasar de la potencia al acto? Ahora, habiendose cumplido la representación. la obra pensada cierra todas sus puertas, ya no puede desplegarse en otros caminos. Por lo pronto, os voy a invitar a un café delicioso con unas porras discretas y estimulantes, en un kiosko que yo me sé. El mundo se lo merece.
MARIBEL: Si me das más protagonismo, puedo informar que el Secretario me está colocando dificultades bastantes molestas. Está en mi contra.
ÁNGEL: Lo cual no podemos consentirlo.
MIGUEL: A lo que se añade que lo veo amarillento, bilioso, pajizo. Se lleva la mano al costado con alguna frecuencia. Y me mira de reojo, como echándome mal de ojo.
ÁNGEL: Primer paso a seguir: descubrir qué enfermedad le aqueja.
MARIBEL: Lo del mal de ojo, no deberíamos de extrañarnos. Se dedica al ocultismo, la magia, las cartas astrales, al esoterismo. Algo de éso, por estilo.
ÁNGEL: Pero, ¡eso es maravilloso! Un esoterista con el hígado estropeado... Allí mismo, a nuestro alcance, y fastidiando. Preveo mi obra maestra. Tendré que tratarlo y sacudirle el cerebro unas cuántas veces. Toda la imaginería que movilizaré será algo digno de contarse en la posteridad si lo escribiera. Hoy mismo me pongo a repasar toda la parafernalia gnóstica, ocultista, esoterista, astralista, cabalística, rosacrucista, alquimista, teosofista, martinista, masónica, Flamel, Saint Germain, Madame Blavatsky, bueno, Madame Blavatsky no, porque es muy farragosa y muy lianta, Stanislav de Guaita, Eliphas Levi, Peladan, Papus, Aleister Crowley, Fulcanelli, Aurora consurgens, Splendor Solis, Libro de la Santísima Trinidad, Donum Dei... ¡Qué grandiosas perspectivas! Recaerá sobre mi todo el peso de esta obra ingente. Sereis mis acólitos. Me revestiré de las vestiduras talares propias de un majestuoso sacerdote en las iniciaciones de la Acrópolis de Knossos, barajaré con maestría insuperable la combinatoria astral y esotérica de una cábala rosacruciana, descifraré los ocultos designios que encierran las crípticas distribuciones en los posos de los Riojas Gran Reserva. Irradiaré un halo taumatúrgico y deslumbrador. No me dura un asalto: en tres sesiones me lo cargo, o lo dejo resblandecido para siempre. Esto promete, amigos míos.
Lentamente, van subiendo por la Rambla hacia su café con churros. En el Círculo, el cuerpo de Rubhay Kuba es trasladado a un espacio lateral donde se amontonan trastos en espera de que se hagan cargo de él los señores del seguro. La familia ha sido avisada. Al día siguiente, el mundillo ajedrecístico de Kurdasestán, acogerá, respetuosamente conmovido, la noticia de su muerte.
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